Estamos acostumbrados a las referencias a los peligros y males de la tecnología en la educación en boca de tecnófobos, personas resistentes a los cambios, adultos asustados o intelectuales dispuestos a no perder su rol de portavoces del saber. Lo que realmente nos sorprendió fue toparnos con la tapa de la revista The Atlantic tapizada con un enorme título con caligrafía googlesca que se/nos preguntaba provocativamente si Google no está estupidizándonos: "Is Google Making Us Stupid?”, por Nicholas Carr (y estoy seguro de que Carr no leyó a Barbara Cassin para inspirarse en ella, con lo que las preguntas tontas parece que afloran solas).
Carr comienza su nota con una mención iconográfica a la fantástica escena en la cual Dave Bowman desconecta a HAL 9000 al final de la maravillosa 2001: Odisea del espacio , de Stanley Kubrick, obligándola a cantar una Daisy Daisy cada vez más gutural y deshumanizada.
"Mi mente está desapareciendo, lo estoy sintiendo, lo estoy sintiendo"
En esta escena HAL implora desesperado/a que no lo desconecten mientras musita “Mi mente está desapareciendo, lo estoy sintiendo, lo estoy sintiendo“. Y Carr se apoya en esa referencia inolvidable, insistiendo en que desde hace unos pocos años alguien (como Bowen hizo con HAL) está jugando con su cerebro (con el de todos nosotros), remapeando los circuitos neuronales, reprogramando su/nuestra memoria y decidiendo -sin nuestro conocimiento y mucho menos nuestro consentimiento- convertirnos en otros, muy distintos de los nosotros mismos que supimos y quisimos ser, durante décadas o siglos y milenios.
Según Carr ya no pensamos como antaño, y el mejor diagnóstico –según él– se vive en experimentos cruciales como la lectura de un libro o de un artículo largo, delicado y difícil. Aparentemente nuestra concentración se desvanece a las tres páginas, perdemos el hilo; a los 10 o 20 minutos ya queremos hacer otra cosa, y la lectura profunda que fue la norma durante casi 500 años estaría camino del olvido.
El culpable de tamaño sacrilegio no es otro que el que todos ustedes imaginan: nuestra sobreexposición a la red.
Google tiene la culpa
La cacería de ideas, las referencias infinitas, los links sin parar, la nueva forma de citar sin hacerlo, la obra abierta soñada por Mallarmé y teorizada por Eco, el docuverso y Xanadu de Ted Nelson, todas las metáforas condensadas y superpuestas de un medio inmersivo e invasivo que, habiendo cumplido los sueños de McLuhan acerca de la identificación entre medio y mensaje se estaría convirtiendo, asimismo, en la pesadilla que está terminando con las sagradas operaciones (o deberes) de la mente, como lo son la concentración y la contemplación que bien le harían a Cassin, Carr y asociados repasar las obras más recientes de Michel Onfray, como El cristianismo hedonista y Las sabidurías de la Antigüedad para aplacar su sed cognitivo/moralizante.
Según Carr su padecimiento no es personal sino social y compartido. Su círculo de conocidos y amigos –todos letrados de primer orden como él mismo– dicen experimentar los mismos males y estar sucumbiendo a los mismos peligros y amenazas.
No sé si Carr generará algún tipo de temor a alguien. A mí no. Habiendo leído mamotretos durante cerca de 40 años y amando cada día más la “lectura” en línea, me parece que estamos logrando un estado de nirvana maravilloso, polialfabetismos, alfabetización analógica multiplicada por la digital, conversaciones transmedia, acoples intergeneracionales, la Biblia (de Gutenberg) y el calefón (de Breton o de Duchamp) en dosis equivalentes e iluminadoras de por medio.
Anécdotas vs. más anécdotas
Pero no es tan fácil sacarnos a un aguafiestas como Carr de encima. Porque sabedor de que su suma de anécdotas es tan poco convincente y argumentativa como podría serlo la suma de las nuestras, Carr acude a la sacrosanta ciencia para convencernos de que el David Bowan que vive en Mountain View, y que mora en unas dachas muy fashion denominadas Googleplex, está tramando borrar nuestra capacidad argumentativa.
Es por ello que se refugia en la sacrosanta ciencia, y aunque sabe que aún nos falta mucho para confirmar cómo internet infecta (perdón: afecta) la cognición, recurre a un estudio reciente acerca de los hábitos on line publicado por el University College de Londres: Pioneering research shows ‘Google Generation’ is a myth, que corroboraría que estamos atravesando una compuerta evolutiva, para mal.
Tomando como base los logs de visitas a la British Library por un lado, y a un consorcio de entidades educativas inglesas por el otro, se habría confirmado el supuesto de los letrados de que estamos adviniendo a un tipo de actividad de sobrevuelo de la información, saltando de una fuente de información a la otra y rara vez o nunca volviendo al original.
Saltamontes informacionales y el cerebro lector
Estos usuarios (la gran mayoría, nosotros mismos, todos nuestros alumnos) serían saltamontes informacionales, no leerían más que una página o dos de un libro, grabarían algún artículo largo pero nunca lo revisitarían. La gran novedad del estudio (para Carr) es que no se lee en línea, sino que se flota, saltea, hojea (no tenía que investigar mucho para llegar a esta conclusión, esto es algo que Jakob Nielsen, el gurú de la usabilidad, había descubierto hace ya más de una década atrás y que cualquier análisis de eyetracking confirma). Copiando alguna justificación de un psicoanalista argentino, los autores del “sesudo” ensayo insisten en que se lee en línea para no leer de verdad.
Gente más versada que Carr, como Maryanne Wolf, de Tufts University y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain, insiste en que el privilegio que otorgamos a la “eficiencia” y a la “inmediatez” por encima de cualquier otro valor está liquidando nuestra capacidad de lectura (y suponemos también que de argumentación e interpretación profunda, como insistía Clifford Geertz cuando hablaba de descripción densa).
Como la lectura no es innata e implicó un largo trabajo cultural de varios miles de años, intempestivamente y a partir de ejemplos aislados, de un récord de no más de 15 años de experiencia en la red, y de muchas ganas de que la realidad se acomode a los medios y a los prejuicios, autores de este calibre (que defienden tanto la inteligencia humana como sus propias profesiones y privilegios) temen que nuestro cableado cerebral colapse y nos borre lo que de más humanos tenemos, que es ser lectores profundos. La tesis de Wolf es más compleja y volveremos sobre ella.
Telegrafía conceptual
Haciendo eco al Heidegger que deploró en los años 60 el uso de la máquina de escribir como deficiencia de la capacidad expresiva, Carr no tiene mejor idea que dar el ejemplo de un Nietzsche comprándose una máquina de escribir Malling-Hansen Writing Ball, en 1882, que terminaría –-como bien dice Friedrich A. Kittler en Gramophone, Film, Typewriter– trastrocando sus argumentos en aforismos, los pensamientos en juegos de lenguaje y la retórica en un estilo telegráfico, aunque a mí particularmente me gusta mucho más este Nietzsche epigramático post-1882 que el anterior verborrágico de El origen de la tragedia.
Lo que generalmente podríamos imaginar como una buena noticia, a saber: la plasticidad del cerebro humano, la capacidad de autorreconfigurarse y de reinventarse, es visto por Carr como un enorme riesgo.
Leyendo a McLuhan al revés, Carr sugiere que internet se comerá a todos los medios anteriores, recreándolos a su imagen y semejanza, para detrimento del medio anterior y autoenaltecimiento de la red. Siempre desde una lectura conspirativa que trata de dispersar nuestra atención y de volver difusa nuestra concentración.
El colonialismo epistemológico de la Web
Esta colonización de los medios anteriores se reflejaría en la mala costumbre de los medios tradicionales de incrustar en su soporte la retórica y el estilo comunicativo de la red. El peor sacrilegio cometido en esta dirección sería la osadía del The New York Times de dedicar la segunda y la tercera páginas del diario a abstracts de artículos que responderían al gusto de los lectores interneteanos.
Carr, como Barbara Cassin, no tiene empacho en saltar de la preocupación al delirio. De jugar con una intuición, sin mayor base empírica y solo validada por una tribu endogámica como la suya (los lectores y escritores compulsivos pre-1980) y de pronto invocar a Frederick Winslow Taylor y a sus experimentos en la planta de acero de Midvale y a la invención del algoritmo laboral, adscribiéndole la paternidad de y el carácter de precursor de la tarea de goma borralotodo cultural de Google.
La taylorización de la fábrica y algo más
Porque cualquiera que conozca algo de teoría e historia organizacional sabe que Taylor (su vida y obra están magistralmente registradas en esta biografía monumental de Robert Kanigel: The One Best Way: Frederick Winslow Taylor and the Enigma of Efficiency), aprovechando la “buena voluntad” de los trabajadores de Midvale, deconstruyó cada tarea en una serie de pasos discretos convirtiéndolos en un conjunto de instrucciones precisas (algoritmos) que de allí en más determinarían la tarea de cada trabajador en particular. Aunque los trabajadores protestaron al verse automatizados, la productividad creció en forma exponencial.
Pronto se cumplirá un siglo desde la publicación de The Principles of Scientific Management (1911), un manual omnicomprensivo del mejor método de trabajo. La utopía de Taylor no se limitaba a los cánones de la fábrica e imaginaba (absurda y maniqueamente) no solo la reestructuración de la firma, sino también de la sociedad toda, alterando la máxima de Protágoras e insistiendo en que si en el pasado primero había sido el hombre, en el futuro lo sería el sistema, su sistema.
La máquina que nos está usando/y que somos nosotros
Despertar a Taylor de su sueño dogmático es rendirle honores, insiste Carr, quien no tiene empacho en calificar a Google (a Brin & Page & Smith) pero probablemente también a la propia máquina que nos está/usando/siendo de versión tayloriana para las artes de la mente.
Casi calcando, sin saberlo, los argumentos de Cassin, Carr insiste en que internet es una máquina diseñada para la colecta, transmisión y manipulación de la información en forma eficiente y automatizada. Y sus programadores serían (cual trabajadores taylorizados aggiornados) los encargados de encontrar el mejor método (el algoritmo perfecto) capaces de reproducir cada uno de los movimientos mentales de los trabajadores del conocimiento.
Cayendo una vez más en la misma trampa en la que cayó Cassin y que se tendieron ellos mismos, Carr se aferra literalmente a la misión autoproclamada de Google de “organizar la información del mundo y volverla universalmente accessible y útil“. Pero Carr va más lejos y se aprovecha de un slogan marketinero, aunque también debemos admitir la facilidad con la que Page cae en los delirios futuristas, quien insiste en que Google está tratando de crear inteligencia artificial en gran escala, para endosarle el sambenito de Taylor redivivo.
Lo que vuelve loco a Carr (en esto Page & Brin son tan tábanos como Raymond Kurzweil, el profeta de la próxima singularidad) son las comillas más ideologizadas del discurso de los fundadores de Google. Cuando estos personajes geniales flirtean más con Spielberg que con Asimov, y se proclaman a sí mismos los verdaderos sacerdotes de la inteligencia artificial como propiedad emergente de una máquina, Carr estalla en odio. Si algo les falta a Carr y a los amantes el canon literario es sentido del humor.
No renunciar nunca a la ambigüedad
Lo que irrita a Carr (y a los defensores del paraíso analógico por igual) es la supuesta eliminación que un proyecto de estas características –de tener éxito– provocaría en los dominios tan inexactos y por ello tan valorados de la contemplación, la anfibología, la indeterminación y el riesgo de implosión permanente del sentido.
Según Carr, los googlófilos somos unos antropofóbicos que insistimos en que el cerebro humano no es otra cosa que una computadora obsoleta que necesita un procesador más rápido y un disco duro más grande para estar a la altura de los tiempos.
Carr le rindió honras fúnebres a Sócrates e hizo lo propio con el humanista renacentista Hieronimo Squarciafico, quien anticipó gran parte de las heridas narcisistas que la imprenta infligiría a la autoridad religiosa, y a la corporación de los eruditos y escribas, difundiendo la sedición y el escarnio.
Carr es –-a pesar de haber escrito esto– un tipo inteligente, y sabe que será tildado ipso facto de ludita. Igual, para él internet no es el alfabeto, y la lectura profunda de la imprenta que estaríamos perdiendo a manos de la red nos estaría privando del diálogo reflexivo, profundo, pletórico de reverberaciones, asociaciones, inferencias y analogías que son la estopa de la cual están hechas nuestra propias ideas. ¿No afirma acaso la citada Maryanne Wolf que la lectura profunda es indistinguible del pensamiento profundo? Con lo cual abandonar ese estilo de lectura es ipso facto abandonar el propio pensamiento.
Las subjetividades letradas, las únicas que vale sostener
Al final de su nota Carr se extravía más que nunca. Le resulta impensable que así como nuestra identidad fue construida durante cinco siglos (pero no antes) por una interiorización creciente y decantada del mundo sobre el papel (como bien dice David Olson en su libro El mundo sobre el papel), cualquier versión del mundo en la pantalla necesariamente devaluará esa subjetividad, liquidará al yo reflexivo y crítico y en definitiva minará la democracia y destruirá a Occidente.
Con una contumacia que nos lo vuelve interesante como interlocutor a refutar, Carr sostiene –siguiendo a Richard Foreman– que a medida que perdemos nuestro repertorio interno de densa herencia cultural, nos convertimos en panqueques meméticos, disparados en nuestros estados emocionales y cognitivos por cualquier link berreta, por cualquier alusión mecánica o por cualquier trivialidad que no merecería un lugar salvo en un juego de mesa.
Carr incluso alienta más piedad por Hal 9000, convertida en una chatarra mecánica al ser privada de la conciencia que le daban sus módulos de memoria (en su caso y en el de Blade Runner, responsables a su vez de una intensa vida emocional), y contrasta el pobre destino de la máquina con la eficiencia catatónica y privada de emoción alguna de los astronautas que supuestamente debían ser servidos por ella y cuya amenaza de interferencia en la misión llevaría a Hal –capturado por un double bind instalado por sus programadores– a asesinarlos a todos, demostrando quizás en esto más humanidad para Carr que el rencoroso Bowan “matando” a la máquina.
Una supuesta crítica política enmascara una lectura ideológica de pacotilla
Pero Carr, al haber iniciado su lectura del terrible futuro que nos esperaría en la medida en que Google se convierta en nuestra forma tecnológica de vida interiorizada (la conciencia pasteurizada de un algoritmo deshumanizado), deja al descubierto que su planteo no es político sino ideológico, que su nivel de análisis está totalmente limitado por su defensa paranoide de un narcisismo acechado, y en definitiva que en sus planteos filosóficos anida tanto un resentimiento de clase como, sobre todo, el riesgo profesional y corporativo que veremos crecer y crecer, a medida que Google, la red, el software social y muchas otras tecnologías nos brinden más posibilidades emancipatorias, instantáneamente canceladas por los profetas de lo viejo.
Ayer fue Cassin, hoy es Carr. Ayer fue Andrew Keen en The cult of the amateur, hoy es Mark Bauerlein en The dumbest generation. Acostumbrémonos en el futuro inmediato a ver muchas más reacciones como estas, así como violentas confrontaciones intentando enarbolar los estandartes del viejo orden cognitivo e intelectual.
Ideas claras y distintas
Lo cierto es que el mash-up, los cross-media, la vj culture (ver VJ: Audio-Visual Art and VJ Culture: Includes DVD de D-Fuse), la cultura del reciclado, las ideologías del rip, mix & burn, pero sobre todo la cultura de la copia, la remediación, la estética relacional, la post-producción y el remixado están abriendo un mundo nuevo que está siendo entusiastamente abrazado por las nuevas generaciones.
No es menos cierto, como bien nos recuerda el maravilloso informe de Roma Shore The power of pow wham! Children, Digital media & our nation’s future. Three challenges for the coming decade (The Joan Ganz Cooney Center at Sesame Workshop, 2008), que debemos prestar tanta atención al viejo dipolo brecha analógica/brecha digital como al nuevo: vieja brecha digital/nueva brecha digital.
Autor: Alejandro Piscitelli
15 comentarios:
El autor del artículo entabla un debate con un artículo de una revista especializada y establece una defensa de las transformaciones subjetivas de la introducción de Internet. La consigna consiste en la lectura y discusión del texto. El objetivo es analizar estas transformaciones subjetivas, también abordadas por la bibliografía obligatoria propuesta en el programa, y pensar su articulación con el espacio educativo.
Google como portal de búsqueda en Internet en mi opinión, no es más que la puerta tecnológica más usada y promovida comercialmente para acceder a un canal de comunicación hoy universal que tuvo origen en uso restringido militar.
Genera posibilidades infinitas de acceso a información, pero lo importante es como lo toma uno para si mismo, sin importar las intenciones de quien lo comercializa o trata de imponerlo para fines determinados.
Google como la tv distrae, pero también es lo que nos muestra de nosotros mismos como especie.
No todos lo usan para ir en el camino que dice Carr, las personas que caen en la telaraña que él menciona no solo lo hacen con Internet, sino con muchas otras cosas que generalmente el humano usa como excusa para llenar los vacíos que le produce el consumismo creciente.
Darse cuenta de esto no significa poder cambiarlo para la mayoría, pero si puede colaborar a frenar en nuestros hijos – alumnos, el invasivo poder que generan los medios para alejarnos de la esencia y los valores históricos de las personas.
Finalmente considero que el libro genera en el humano un vínculo, contacto y estímulo físico con el lector que no podrá ser reemplazado por la tv. o Internet.
Virginia Sartori
Virgi, coincido con vos en cuanto a la oponión que tenés de Carr. Creo que todos,en mayor o menor medida, somos resistentes a los cambios.
Google es una herramienta muy eficiente para realizar tareas de búsqueda, sobre todo si se piensa en el priviligio que se le otorga a lo inmediato. Si necesito una búsqueda inmediata,seguramente leeré entre líneas se trate de internet o de un libro, porque estaré haciendo una especie de rastreo de aquellos datos en los que estoy interesada encontrar.De todas formas no me parece que esto "aniquile nuestra capacidad de lectura" como menciona Maryanne Wolf, o al menos no para las personas que hemos crecido utilizando extenso libros en nuestros estudios.
Es decir, me parece que son dos circunstancias muy distintas la de hacer un rápido análisis y síntesis de una lectura (sea de internet o de un libro)y la de disfutar del placer que genera leer un buen libro.
Para las nuevas generaciones, internet es la invitación más estimulante hacia la lectura, pero es verdad que no pueden estar más de 5 o 10 minutos en esta actividad que en seguida quieren hacer otra cosa o se distraen.Pero no me parece que esto sea culpa únicamente de la "sobreexposición a la red" como menciona Carr, en todo caso es uno de los tantos factores que se desprenden de esta nueva forma de vida en la globalización.
Ariana
En parte es cierto lo que dice Carr: "...estamos adviniendo a un tipo de actividad de sobrevuelo de la información, saltando de una fuente a la otra..." pero es creo que esto se debe a que es tanta la información de la que se dispone actualmente gracias a Internet, que uno quiere aspirar ´mucha información en el menor tiempo.
No creo que haya que demonizar a Internet. Cuando se necesita algo específico se toma el tiempo necesario y se busca algo concreto.
Tampoco creo que esto signifique la desaparición de la lectura crítica y de interpretación profunda de un libro. Está en la libertad de elección del individuo y en el nivel de formación cultural que posea. Como expresa el texto de la UNESCO: "...cuando la tecnología es adecuada y se utiliza de modo competente, deja de ser el centro de atención para tornarse simplemente en una herramienta, aunque continúa siendo esencial....".
Lo que se vive hoy es lo mismo que sucedió con la aparición de las primeras calculadoras electrónicas y su utilización en las escuelas.
Coincido con Virginia y con Ariana en todas sus expresiones. Actualmente un correcto uso de los medios informáticos debe empezar en la escuela donde los docentes estimulen y apoyen a los alumnos en el empleo de estas nuevas herramientas y los guien para un uso adecuado que enriquezca sus conocimientos y por otra parte los aleje de un entorno informático pasatista. El gran problema reside en que son pocos los padres que hoy en día están en condiciones de acompañar a los docentes en esta profunda transición.
Eduardo Vilches
El artículo pone de manifiesto dos posturas, según el autor aparentemente antagónicas.
El eje central gira en torno a la capacidad, o no, de los nuevos medios electrónicos de servir como un soporte eficiente de la información, que permita al mismo tiempo realizar un análisis profundo y la comprensión de los contenidos que allí se plasmen. Justamente es allí donde Carr confronta y critica la incapacidad de estos medios, aduciendo que los mismos sólo pueden servir como aglutinadores y ordenadores de la enorme cantidad de información circulante; pero no garantiza que el lector realice una comprensión profunda y una mirada crítica sobre los temas abordados. Según el mismo autor, la experiencia entre los usuarios y estos medios se limita simplemente a un abordaje superficial e intermitente que privilegia la inmediatez del acceso y salto entre links (información referenciada) a la lectura profunda. Por último Carr efectúa una serie de denuncias; internet estaría cumpliendo un rol maquiavélico de dominación social que se activa durante la experiencia de contacto entre la red y el internauta, quien de forma pasiva es sometido a un estado de sumisión de su función intelectual, dirigiendo su capacidad de análisis sobre los contenidos a los cuales accede.
En el otro extremo el comentarista del artículo, Alejandro Piscitelli, manifiesta una postura diametralmente opuesta en este debate y asegura en lo personal, estar viviendo un verdadero estado de “nirvana y excitación” respecto a las capacidades de comunicación de estos medios.
Mi opinión es que estas nuevas herramientas abren un abanico infinito de posibilidades para contribuir a la satisfacción de las necesidades de aprendizaje. Para que ello sea posible es necesario capacitar a toda una nueva generación de docentes que incorporen en su actividad el manejo y dominio de estás herramientas comunicacionales. Citando un pasaje del artículo sobre Las Tics en la Formación Docente “cuando la tecnología es adecuada y se utiliza de modo competente, deja de ser el centro de atención para tornarse simplemente en una herramienta, aunque continúa siendo esencial....".
Es crítico comprender que estamos ya inmersos en el advenimiento de un nuevo orden económico mundial en donde la competencia internacional se basa en el intercambio de bienes, servicios y conocimientos y es justamente allí donde para poder acoplarse, será necesario desarrollar en las fuerzas de trabajo las habilidades y el manejo de las nuevas herramientas de tecnología de la información. Por último debemos pensar que esto implica un cambio en los sistemas educativos, donde entra en juego una nueva concepción del proceso de aprendizaje.
Anabela Lazzarini
Coincido con varios de los puntos expuestos por mis compañeros.
En mi opinión, destaco que debido a los tiempos que vivimos, donde el tiempo corre, internet nos simplifica, en mi caso en particular por lo menos, si lo hace. Ya que en reiteradas ocasiones me ha pasado de tener que buscar informaíón o tener alguna duda sobre algún tema en particular de mi carrera y pienso: "me parece que tengo un libro donde se explicaba ese tema" pero entre la opción de buscar el libro y dirigirme a la computadora, y poner la palabra clave sobre el tema que deseo buscar. Muchas veces elijo buscar información en internet, ya que acorta significativamente mis tiempos de búsqueda. De este modo es que cada día son más las personas que eligen no leer un libro, sino ir a lo más facíl.
Lo que si me parece importante es aclarar que se debe tener mucho cuidado con la información que se busca en internet, ya que muchas veces no es fideligna. Es por esto que me parece muy importante enseñar a los alumnos a poder discriminar entre las distintas informaciones a las cuales uno accede y que no solo sea una manera de buscar información rápida, sin importarme la proveniencia y veracidad de la misma.
Vayamos planteando conclusiones integradoras de todo lo analizado por el grupo, porque supongo que se tomarán, como todos, el receso invernal como vacaciones. Saludos.
Comparto las opiniones de mis compañeros, en especial, me parece muy importante destacar una de las reflexiones de Anabela, en la que expresa la necesidad de "..capacitar a toda una nueva generación de docentes que incorporen en su actividad el manejo y dominio de estás herramientas comunicacionales". Esto me hizo pensar en que sería interesante cambiar el ángulo de perspectiva en este problema, y pensarlo,no sólo de las dificultades que se presentan en el proceso de enseñanza/aprendizaje desde el alumno, sino también desde el adulto portador de temores y resistencias ante este giro actual en dicho proceso, a partir del advenimiento del gran avance tecnológico.
Estas nuevas aplicaciones tecnológicas sería muy positivo no sólo utilizarlas a nivel pedagógico sino también a nivel administrativo y organizativo dentro de cada institución.
Ariana
Dejando de lado las posiciones extremistas de Carr y Piscitelli, uno demoniza y el otro santifica, las nuevas tecnologías ya están incorporadas a la vida cotidiana de toda la comunidad sin importar la edad de sus integrantes. Hoy no se puede vivir sin el soporte de éstas tecnologías. Todo depende del buen uso que les demos y ,como ya expresé anteriormente, el ámbito donde se debe aprender a usar adecuadamente éstas tecnologías es la escuela. En la actualidad, tal como lo expresa Mariana Landau, ni el curriculum ni los docentes están capacitados para la incorporación de las Tic´s en el ámbito educativo.
No es suficiente tener una sala preparada para computación a cargo de un docente con conocimientos específicos para la enseñanza de informática. Las aplicación de las Tic´s debería ser transversal y todos los docentes estar capacitados para su aplicación.
Pero también es necesario motivar al docente y jerarquizarlo de manera de devolverle el prestigio que su actividad tenía historicamente, para que se pueda capacitar en forma contínua sin que eso represente una carga e incertidumbre sobre su futuro, sino que se sienta estimulado para su crecimiento profesional.
En caso contrario el docente seguirá compitiendo con otras fuentes de aprendizaje que en forma desordenada atraen la atención de los niños y adolescentes.
En resumen, la mayor parte del esfuerzo depende de las políticas públicas que se adopten.
Eduardo E. Vilches
Carr deja a descubierto que su planteo no es político sino ideológico, tal vez las nuevas generaciones se estan abriendo al mundo, y por lo tanto deberìamos acostumbrarnos a muchas reacciones, y violentas confrontaciones intentando desde otra optica corregir el viejo orden cognitivo e intelectual. Despues del análisis de mis compañeros, comparto en especial que es necesario capacitar a la generación de docentes, para que incorporen en sus actividades el manaejo de las nuevas tecnologías, y que aplicadas al nivel pedagógico afirman aun más la enseñanza, pero tambien debemos aprender a trabajar a nivel administrativo en la institución que nos toque enseñar, y aquí coincido con Ariana.
Como novedad sería interesante que
se acople una antena receptora de cable, esto nos traería información auditiva y rápida de noticias nacionales e internacionales en las aulas donde no contaramos con computadoras.
Por otra parte coincido que hay que incentivar a los docentes para que se capaciten, de que nos vale contar con tecnologías en las aulas si no cumplimos en capacitarnos.
Isabel
Me parece que si tuviera que extraer una parte como conclusión y/o integración tendría en cuenta sobre todo el texto de la UNESCO que marca Eduardo Vilches: "...cuando la tecnología es adecuada y se utiliza de modo competente, deja de ser el centro de atención para tornarse simplemente en una herramienta, aunque continúa siendo esencial....".
Creo que en lineas generales todos coincidimos con este concepto y con que los docentes necesitan motivación, actualización y jerarquización para poder llevar los cambios adelante que proponen las Tics.
Virginia Sartori
Se me ocurre que Nicholas Carr milita en los extremos, al igual que Alejandro Piscitelli porque ambos plantean posiciones que no permiten la reflexión.El comentario de Piscitelli me parece que incurre "en un desconocimiento historico ya que no reconoce las jerarquias entre economias nacionales o regionales en el sistema global"(HARDT Y NEGRI). En ningún renglón de su texto aparece alguna referencia a que GOOGLE representa el poder politico y economico en un mundo globalizado,creo que puede ser una herramienta de consulta, pero que la "lectura profunda" la tenemos con el libro el mejor compañero para la "aventura" del conocimiento.
La Web es la representante de lo instantaneo, en donde el sistema economico nos "vende el modelo" posible que hoy rige nuestras vidas.
Soy de una generación pre-internet y observo que los niños y adolescentes no pueden extraer los conceptos fundamentales de un texto, no tienen el hábito de la lectura, porque esto les requiere de un tiempo de concentración y silencio en contraste con el mundo de imágenes y sonido que ellos no pueden procesar...esto lo observo en aulas en donde hay niños que no pueden estar sentados y concentrados, que necesitan deambular para calmar lo que no pudo ser procesado. Pienso que la escuela no puede competir contra las multimedias o la web. Nuestro sistema educativo debería pensar cual es la mejor manera de incorporar a las Tics en la escuela. ENRIQUE CORREA
Como cierre pienso al igual que Enrique y comparto su conclusión: la escuela no puede competir contra las multimedias o la web, y que nuestro sistema educativo debería pensar cual es la mejor manera de incorporar a las nuevas tecnologías a la comunidad educativa. Como integrantes del sistema educativo y trabajando en el, es necesario reflexionar sobre la importancia de este recurso y ponerlo en pos de mejorar la calidad educativa. Que no sea el único método posible sino que podamos comprender que es un instrumento más, como lo son los libros de textos, como lo es el debate entre los integrantes del aula, el poder reflexionar juntos, etc. Articular estos temas entre todos nos ha permitido reflexionar acerca de las nuevas tecnologías, su inclusión en la educación, y por supuesto, a partir de ella, generar opiniones y formar criterios en relación a este tema.
Anabela Lazzarini
Para concluir con mi opinión quería remarcar que coincido con mis compañeros en que nuestro sistema educativo debería pensar cual es la mejor manera de incorporar a las Tics en la escuela. Ya que la escuela no puede competir contra las multimedias o la web. por lo que no solo debería ocuparse de introducirlas dentro del ámbito educativo, sino también proponer diferentes capacitaciones para entrenar a los maestros a utilizarlas y así poder trasmitirlas a sus alumnos.
Ivana
Como conclusión de lo leído y del intercambio de opiniones con los compañeros, creo que queda claro que la inclusión de las tic´s en el ambito educativo, hoy en día es algo fundamental. Estas nuevas tecnologías son una herramienta más de trabajo que requiere para su disposición de cierto entrenamiento.Por lo tanto es indispensable que para lograr una inclusión adecuada de las tic´s en educación, se comience por diseñar una formación docente genuina e integradora.
Ariana
Publicar un comentario